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Autor   Publicado en Proyecto Avalon con fecha 17/09/2004

Antonio Cutanda -

GRIAN (Antonio Cutanda) es psicólogo, escritor, comunicador y activista social. Autor del bestseller El jardinero (1996), con 25 ediciones en castellano y traducido a 8 idiomas, es asimismo el fundador y director del Proyecto Avalon - Iniciativa para una Cultura de Paz.

 

Judíos y palestinos de la mano. La paz es posible

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DISCURSO DE PRESENTACIÓN DEL PROGRAMA EDUCATIVO 2004/2005 DEL PROYECTO AVALON

por Grian

Córdoba, 17 de septiembre de 2004

 

 

Señoras, señores, queridos amigos todos: 

 

La paz es posible.

Es ésta una declaración que conviene que hagamos nuestra y en la que conviene creer profundamente. Porque, de lo contrario, jamás conseguiremos el impulso necesario para hacer de la paz una realidad en nuestro mundo.

Necesitamos una fe profunda en la posibilidad real de la paz. Necesitamos una fe casi infantil; inalcanzable ante las evidencias de la realidad exterior, indeleble ante las sonrisas compasivas de los sensatos, inalterable frente a las acometidas de nuestro propio sentido común. Necesitamos una fe casi infantil para poder hacer realidad ese País de Nunca Jamás que, sin embargo, siempre existió en el más cristalino y luminoso de nuestros mundos: nuestro corazón. Necesitamos esa fe, como el náufrago necesita creer que, algún día, pasará un barco con las velas hinchadas por el viento que le llevará de vuelta a su mundo, a aquél en el que sueña cada noche y que, ausente de sus días largo tiempo, sabe que, sin embargo, existe.

 

La paz es posible.

Lo repetí una y otra vez en mi libro La Rosa de la Paz, y ahora me reafirmo en ello. Porque sólo una convicción absoluta propiciará la determinación necesaria para lograr la proeza de hacer posible lo imposible.

Necesitamos la misma determinación de la que hablan los místicos sufíes —su himma—, sin la cual el enamorado de Dios jamás podría alcanzar la imposible proeza de la unión con el Amado. El gran andalusí Ibn ‘Arabî, uno de los místicos más grandes de todos los tiempos, diría de himma que es la voluntad espiritual, la fuerza concentrada de la intención del corazón (una vez más, el corazón). Necesitamos esa himma, esa determinación absoluta, absorta en su objetivo, indiferente a la propia suerte, al propio destino, para hacer realidad lo supuestamente irrealizable.

La paz es posible.

Y reivindico sin sonrojo mi carácter de idealista y soñador, frente a los pragmáticos que lastran los sueños de la Humanidad con pesadas cargas que, por ilusorias que sean, nos impiden levantar el vuelo. Al fin y al cabo, el pragmatismo es la excusa de los cobardes, de los que nunca se atrevieron a soñar y a creer en sus sueños, de los que no tuvieron la valentía de desafiar al universo para decirle lo que iban a crear, con o sin su ayuda.

Los pragmáticos quedaron en evidencia para siempre ante la imagen menuda y frágil de un anciano llamado Gandhi, que también se calificaba a sí mismo de «idealista práctico», y demostró que, siendo un místico, se puede tener la cabeza en el cielo sin, por ello, perder el contacto con el suelo. La eficacia de su acción apasionada, arrebatándole «la Joya de la Corona» al mayor imperio de su época, atestigua este hecho.

Es la historia de siempre. La del idiot-savant. La del idiota y, sin embargo, sabio. El Pársifal, que lleva a término la mayor empresa jamás soñada, donde otros, más fuertes y aguerridos, más sensatos y juiciosos, fracasaron.

Sí, la paz es posible. Y vamos a necesitar una fe absoluta y una determinación absoluta, además de una acción apasionada como la de Gandhi, para poder convertirla en una realidad positiva.

Pero, por encima de todo, convendrá que tengamos la cabeza en el cielo, para que los pies, en el suelo, puedan dar los pasos sin rendirse a la fatiga. Convendrá que tengamos la cabeza en el cielo, como Gandhi, como Martin Luther King, como el Dalai Lama y como tantos otros, para respaldar nuestras acciones con una postura ante la vida basada en una ética y una coherencia impecables, con una posición vital en la cual tus propios intereses queden abandonados en el camino en bien de la Humanidad, del planeta Tierra y de la Vida toda.

De todo esto, he escrito ya y muchos me habéis oído hablar. Pero hoy quiero hablaros de algo más; algo que también se encuentra en ese cielo, pero adonde ni siquiera la cabeza puede llegar; algo que sólo el corazón humano puede albergar. Hoy quiero hablaros de los sueños.

Si queremos la paz, tendremos que soñar con ella, tendremos que engendrarla dentro de nosotros. Es decir, tendremos que concebirla y nutrirla en nuestro corazón para, desde él, proyectarla al mundo. El corazón humano es un útero, una matriz donde se crean mundos y seres. En él nació todo cuanto veis, todo cuanto alguna vez fue un sueño.

Una vez, antes del tiempo, antes de los días y las noches, los meses y los años, Dios soñó un universo, sembrado de mundos y seres, de luces cegadoras y aterciopelada negrura. Y el sueño se hizo realidad.

Ahora, Dios sigue soñando, pero lo hace a través nuestro, en nuestros sueños. Y sueña con un mundo en paz, con una Humanidad pacífica, justa y fraterna, en un planeta vivo y armonioso. Son esos los sueños que brotan y florecen en nuestro corazón, que contemplamos como una extraña joya, frágil y efímera, que se marchitará si no la alimentamos con el húmedo rocío de nuestros anhelos, de nuestros suspiros; que no crecerá si no recibe la luz y los cálidos rayos de nuestra pasión amorosa.

Mantener vivos los sueños se ha convertido en la empresa más difícil, la más heroica, en unos tiempos y en una sociedad en los que los pragmáticos han querido sumirnos a todos en su cobardía, disfrazada de inteligencia, y en su cortedad de visión, disfrazada de sensatez.

Atrevernos a soñar se ha convertido en la marca del rebelde, de aquel que se niega a aceptar que las cosas son así, siempre fueron así y así seguirán siendo, sin remedio, sin esperanza.

Atrevernos a soñar es lo que nos puede sacar de la pesadilla de esta realidad, para construir otra realidad que se nos quiere negar y que habrá que arrebatar de las garras del tiempo, para entregársela envuelta en sedas a nuestros hijos y a nuestros nietos.

Atrevernos a soñar es lo que se nos pide, lo que se nos exige como seres humanos, co-creadores de un universo perfecto más allá del tiempo, pero imperfecto en el tiempo en el que naufragan nuestras ilusiones.

Atrevernos a soñar es lo único que puede sacarnos de nuestra miseria existencial, lo único que puede hacernos trascender nuestra humilde forma material, para llevarnos a una realidad que, muy posiblemente, no lleguemos a vivir los que aquí estamos, pero que sí podrán disfrutar los que vengan detrás de nosotros, con quienes compartiremos de algún modo el logro de tan elevada conquista: la erradicación definitiva de la violencia y la guerra entre los seres humanos.

 

No se hizo el corazón humano para vivir sometido a la dictadura ferrea del miedo, ni para renunciar a sus derechos de rey y soberano del alma humana. No en vano, el enamorado pierde miedo y razón cuando el Amor toma posesión del corazón y éste recupera su corona. Y no en vano, en la tradición sagrada, se dijo siempre que sólo el corazón humano podía abarcar no sólo cuanto existe en cielo y tierra, sino también al mismísimo Creador.

El corazón se hizo para elevarnos desde el lodo de nuestro dolor y nuestra miseria; se hizo para ennoblecer nuestros actos y nuestra existencia; para recordarnos nuestro linaje eterno como hijos de las estrellas; para sumergirnos en el éxtasis del Amor; para sacarnos de nuestra condición humana y hacernos partícipes del acto sagrado de la creación, para convertirnos en Creadores, en Hacedores de Sueños.

 No renunciemos a lo que, siendo jóvenes, nos dio la esperanza y el gozo de estar vivos. No renunciemos al don sagrado de soñar.

Pues soñar es nuestro privilegio; nuestro deber, hacer los sueños realidad.

Muchas gracias. 

 

 

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