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Autor   Publicado en Proyecto Avalon con fecha 20/12/2004

Antonio Cutanda -

GRIAN (Antonio Cutanda) es psicólogo, escritor, comunicador y activista social. Autor del bestseller El jardinero (1996), con 25 ediciones en castellano y traducido a 8 idiomas, es asimismo el fundador y director del Proyecto Avalon - Iniciativa para una Cultura de Paz.

 

Guerra de Iraq. Soldados norteamericanos rezando antes del combate 

Guerra de Iraq. Soldados norteamericanos rezando antes del combate. (Foto AP)

 

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GUERRAS DE RELIGIÓN

por Grian

Boletín Dar al-Salam, Córdoba, 20 de diciembre de 2004

 

Cuando se publicó mi libro La Rosa de la Paz, algunos pensaron que el tratamiento de la paz que hacía en él, en el que una buena parte iba dirigido a las personas religiosas, estaba un poco fuera de lugar en pleno siglo XXI. Parecía que, en todo caso, éste libro no tenía mucho sentido en los países occidentales, laicos y, hasta cierto punto, alejados de las posiciones religiosas de antaño. Pero el tiempo, a menos de un año de la publicación, ha terminado dando buenas razones para pensar que La Rosa de la Paz es más necesario que nunca, también en los países occidentales. 

El análisis de la reciente victoria de George W. Bush en las elecciones de los Estados Unidos, y algunos de los comentarios del presidente norteamericano, han hecho renacer los vientos de las guerras de religión que, creíamos, comenzaban a remitir en nuestro planeta. La victoria del candidato republicano, ajustada, y sobre un ambiente de división interna en Estados Unidos desconocido posiblemente desde su Guerra de Secesión, se ha cimentado sobre el voto de los sectores menos formados e informados de la sociedad y, principalmente, sobre ese alto porcentaje de la población que sostiene posiciones religiosas que podríamos calificar como de «fundamentalismo cristiano» (mientras que, curiosamente, el 85 por ciento de la población de Nueva York, en la que hay varios millones de judíos, ha votado en contra de Bush).

Esto, unido a ciertos comentarios del presidente, que vienen a confirmar el manifiesto y probado carácter visionario de su labor como «elegido» o «enviado» por Dios para frenar a las fuerzas del mal, han convertido a lo que en ningún momento ha dejado de ser una guerra por el petróleo, el control económico y geoestratégico del planeta, en una verdadera guerra de religión. A un lado, los fundamentalistas islámicos; al otro, los fundamentalistas cristianos. En conclusión, hemos vuelto a las Cruzadas, sólo que ahora existen mecanismos de destrucción que no existían en los siglos XI, XII y XIII y, lo que es peor, existen armas nucleares, que cualquiera que esté suficientemente loco (y entre los fundamentalistas los hay a puñados) puede decidirse a esgrimir.

Esta utilización (y manipulación) de las creencias religiosas de los pueblos en beneficio de intereses poco confesables es difícil de contrarrestar, como muy bien lo ha demostrado la historia. Encender la mecha de las guerras de religión, como han hecho Osama Bin Laden y George Bush, es un acto criminal cuyo alcance es, en gran medida, insospechado; y esto debido a la pasión con la que el ser humano vive su religión. Como dijo Blaise Pascal, «los hombres nunca hacen tanto mal y con tanto entusiasmo como cuando lo hacen por convicciones religiosas».

Ante esto, ¿qué podemos hacer?

Lo único que nos queda es insistir una y otra vez, las veces que haga falta, en lo absurdo de una religiosidad que, a base de obsesionarse en ella, termina perdiendo de vista sus principios y sus orígenes, pues, como demostré en La Rosa de la Paz, ninguna de las grandes religiones aboga por la violencia, y mucho menos por la guerra; una religiosidad que, como diría Jesús de Nazaret, «cuela el mosquito y se traga el camello» (cómo explicar si no que el caso Levinsky se convirtiera en un escándalo que casi le cuesta la presidencia a Clinton, mientras que las mentiras de una guerra que lleva ya más de 100.000 víctimas humanas, según Cruz Roja, no haya llevado a ninguna polémica, a pesar de ser, a todas luces, tremendamente más inmoral, por suponer tanto dolor y muerte).

Lo único que nos queda es decir bien alto, una y mil veces, que pretender ser creyente religioso y apoyar la violencia y la guerra es incongruente, incoherente y farisaico, seamos cristianos o musulmanes.

Lo único que nos queda es seguir luchando, desde la consciencia y desde la no-violencia, contra esa inconsciencia, esa somnolencia vital en la que viven, matan y mueren, muchos de nuestros congéneres, incluidos algunos presidentes de gobierno.

Si nos afirmamos creyentes, volvamos a las fuentes, por favor, volvamos a las fuentes. 

 

 

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