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Autor   Publicado en Proyecto Avalon con fecha 24/11/2005

Antonio Cutanda -

GRIAN (Antonio Cutanda) es psicólogo, escritor, comunicador y activista social. Autor del bestseller El jardinero (1996), con 25 ediciones en castellano y traducido a 8 idiomas, es asimismo el fundador y director del Proyecto Avalon - Iniciativa para una Cultura de Paz.

 

Luís del Olmo 

Luís del Olmo ha vuelto a demostrar en la radio su alto nivel ético. Todo un ejemplo de lo que deben ser los periodistas en los medios de comunicación

 

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UNA DECISIÓN URGENTE

por Grian

Boletín Dar al-Salam, Córdoba, 24 de noviembre de 2005

 

La presentación en el congreso de los diputados del proyecto para el nuevo estatuto de Cataluña ha desatado las pasiones entre un amplio sector de la población de ese concepto mental que llamamos España. Y es que los conceptos mentales, como España, Francia, Cataluña, el País Vasco o Murcia, tienen un gran poder sobre las emociones de las personas, cuando lo cierto es que los astronautas juran y perjuran que, desde el espacio, no se ve ni una sola frontera entre una nación y otra.[1] 

Con una inconsciencia preocupante, se ha dado rienda suelta a las emociones y, lo que es peor, se ha alimentado la emocionalidad inconsciente de las masas, sin darse cuenta de que eso que llamamos «la escalada de la violencia» comienza así, casi sin darnos cuenta… como comenzó en los Balcanes, en la antigua Yugoslavia. 

Pero lo más preocupante no es que los políticos, llámese Carod-Rovira o llámese Rajoy, se enfrenten desde posiciones diametralmente opuestas. Es lógico que esto ocurra, y para eso está la democracia (y el congreso), para que los que están en posiciones tan distanciadas entre sí acerquen posturas y dialoguen (si bien el diálogo puede no interesar políticamente, cuando con cada intervención del contrario se incrementa el número de los propios votantes). Lo verdaderamente preocupante es que los medios de comunicación se utilicen del modo en que se están utilizando, para fomentar esa emocionalidad inconsciente y destructiva, para impulsar, más allá de toda sensatez, la escalada de la violencia. 

De esta preocupación se hicieron eco el pasado día 9 de Noviembre los abades y provinciales de la Iglesia Católica en Cataluña (no necesariamente catalanes) en una carta dirigida al nuncio papal y a la Conferencia Episcopal Española. La carta decía así: 

¡Paz y bien! 

  En la reunión 104ª de Abades y Provinciales de Catalunya, celebrada hoy en el monasterio cisterciense de Poblet, al reflexionar sobre algunos de los problemas emergentes de nuestra sociedad, preocupados por la convivencia pacífica de todos los ciudadanos, nos ha parecido, por negativa, muy alarmante, en sintonía con los Sres. Obispos de la Provincia Eclesiástica Tarraconense, la trayectoria que viene siguiendo la cadena de radiodifusión COPE, propiedad de la Iglesia Católica, en especial por lo que respecta a algunos de sus programas. 

  Primero, por la línea políticamente partidista que observa en sus planteamientos radiofónicos (informativos, tertulias y reportajes); y, segundo, por el lenguaje que usa, ofensivo para las personas e instituciones de las cuales discrepa. 

  Un lenguaje incívico, sistemáticamente descalificador y grosero. Al parecer de la gente sencilla con la cual nos relacionamos, una auténtica incitación al odio. 

  Por ello, al confiarle estos sentimientos, que sinceramente nos duelen, pues somos conscientes del mensaje de reconciliación que nos ha confiado el Señor (2 Corintios 5, 19),[2] y que como Iglesia creemos que debemos más bien ser instrumentos de paz que no de crispación, le rogamos que, en cuanto esté de su parte, tome las medidas pertinentes para erradicar cuanto antes las causas de semejante anomalía. 

  Agradecen su atención y, en nombre propio y de los Abades y Provinciales, le saludan y se profesan suyos afmos. en el Señor. 

 

Días antes de esta carta, desde la COPE, Federico Jiménez Losantos, adalid del boicot contra los productos catalanes, daba la noticia, para justificar el boicot, de que La Caixa, en su cesta de Navidad, ya preparada ante la inminencia de las fiestas, no había incluido productos de ningún otro lugar de España, salvo productos catalanes. Al día siguiente, desde Punto Radio, Luís del Olmo (leonés, de Ponferrada) salió al paso de estas afirmaciones con notable indignación y, ante los micrófonos, extrajo de una en una todas las viandas y bebidas que figuraban en una de esas cestas, dando los detalles de procedencia de todas y cada una de ellas. El resultado fue que sólo el cava era catalán. El resto de productos que La Caixa había incluido en sus cestas procedían de los más diversos lugares de España. 

Pero imagino que los abades y provinciales de la Iglesia en Cataluña no se referirían sólo a esto. No sé si días antes o días después, Jiménez Losantos, haciendo referencia al presidente del gobierno, diría textualmente que «sólo habla con terroristas, maricones y catalanes». 

No entramos aquí en si la acusación al presidente es merecida o no. Como miembros de una ONGD que trabaja por la paz, nos toca mantener ciertas equidistancias en aras de la objetividad y de la mediación, si bien aplaudiremos los talantes dialogantes y conciliadores allí donde estén, en la izquierda o en la derecha. Pero en lo que sí que tenemos que entrar es en el mensaje de odio y de violencia que encierra una frase como ésa, en la que se mete en el mismo saco, y de forma vejatoria, a colectivos de seres humanos que nada tienen que ver entre sí. Por su violencia implícita en el comentario, Jiménez Losantos estaría más cerca de ese «saco» de los terroristas que la inmensa mayoría del colectivo homosexual o del pueblo catalán. 

 

Lo grave de todo esto es que estas cosas estén sucediendo en los medios de comunicación, con su casi infinito poder a la hora de generar opinión y de movilizar a las masas. Una vez más hay que decir, y no nos cansaremos de repetirlo, que los profesionales de los medios de comunicación tienen una responsabilidad enorme, abrumadora, en el curso que pueda tomar la sociedad, la humanidad en definitiva, en los próximos decenios. Ha llegado el momento en que cada ser humano debe hacerse responsable del futuro de la humanidad, por pequeña que le pueda parecer su aportación en esta empresa, y las personas que trabajan (y opinan) en los medios de comunicación de masas no tienen precisamente una parte pequeña en este empeño. 

La revolución tecnológica a la que estamos asistiendo (con la informática y las telecomunicaciones a la cabeza) nos ha puesto en las manos la posibilidad de resolver muchos de los graves problemas que vienen asolando a la especie humana desde que se organizó en sociedades. La transmisión de la información es crucial a la hora de la asunción de posturas entre la población, y si la información es tendenciosa, o bien se deforma, se tergiversa o incluso se desinforma, estaremos sembrando las semillas de la discordia y el conflicto en nuestras sociedades. De nosotros, de todos y cada uno de nosotros, depende el curso evolutivo que tome nuestro mundo, un mundo que se nos ha quedado pequeño y donde las culturas interactúan entre sí como nunca antes lo habían hecho. Sembrando la desavenencia y el conflicto, fomentando el desencuentro y el odio, no haremos otra cosa que sembrar las semillas de la violencia y de la guerra, por mucho que luego digamos a los cuatro vientos que somos pacíficos y que lo que queremos es la paz. Al final, siempre buscamos un culpable, un «malo» de película a quien echar la responsabilidad de nuestra propia inconsciencia y de nuestra violencia, alguien (a veces pueblos o culturas enteras) en quien justificar lo que no queremos reconocer en nosotros mismos. 

Así las cosas, los medios de comunicación, al igual que el cuchillo de mesa, que puede convertirse en puñal, pueden ser la gran bendición o la gran maldición caída sobre esta maltrecha especie humana. Bien utilizados, pueden aproximarnos con paso decidido hacia esa Cultura de Paz que Federico Mayor Zaragoza promoviera en las Naciones Unidas en el cambio del milenio. Mal utilizados, pueden convertirse en la caja de Pandora que nos lleve al caos y a la destrucción. 

Comportamientos tan distintos como los de Jiménez Losantos y Luís del Olmo marcan profundas diferencias en el discurrir cotidiano de una sociedad, y hablan bien a las claras de la altura humana alcanzada por cada uno de ellos. Pero estos comportamientos parten de una decisión personal, libremente asumida, de si se quiere ser parte del problema o parte de la solución de ese mismo problema. Es ésta una decisión urgente en el caso de los profesionales de los medios, pero no menos necesaria en cada persona anónima que reenvía correos electrónicos generadores de discordia u opina durante el café de la mañana entre compañeros de trabajo y conocidos. 

Si queremos realmente la paz y la concordia entre las gentes, entre los pueblos, tendremos que ponernos todos el mono de trabajo. No basta ya con ir a manifestaciones contra esta o aquella guerra. No basta con jurar y perjurar que los «malos» son los demás. Pasaron los tiempos de los caudillos y los líderes carismáticos que venían a salvarnos a todos de nosotros mismos. Ahora, el trabajo es de todos, y todos tenemos que asumir nuestra responsabilidad con el futuro. 

¿Vas a ser parte del problema, o vas a ser parte de la solución? 



[1] Otra cosa son las realidades culturales, las culturas, y los pueblos que interpretan la vida a través de ellas, de las que el concepto España tiene un amplio muestrario: cultura castellana, gallega, vasca, canaria, catalana, andaluza, valenciana, etc. España, Hispania, fue una creación administrativa del imperio romano, sin más realidad cultural que la de la suma de sus distintas culturas.

[2] 2 Corintios 5, 19: «Porque en Cristo estaba Dios reconciliando al mundo consigo, no tomando en cuenta las transgresiones de los hombres, sino poniendo en nosotros la palabra de la reconciliación»

 

 

 

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