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Autora   Publicado en Proyecto Avalon con fecha 14/02/2006

Elena Pérez

ELENA PÉREZ es funcionaria de la administración autonómica valenciana, activista pro-derechos civiles desde hace más de 30 años y miembro fundador del Proyecto Avalon - Iniciativa para una Cultura de Paz.

 

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LOS ESQUEMAS MENTALES

por Elena Pérez

Boletín Dar al-Salam, Requena, 14 de febrero de 2006

 

El Proyecto Ávalon ha cumplido dos años, según consta en su “partida de nacimiento” (entiéndase, en el registro de Fundaciones del Ministerio de Cultura). 

Tengo amigos saharianos y subsaharianos que no saben la edad que tienen. Es cierto. Nacieron en una jaima en mitad del desierto. Pasaron sus primeros años recorriendo dunas, hamadas y valles con sus familias, un par de cabras y un saco de dátiles. Una vida dura e intensa, pero hermosa y rica en espiritualidad y en vivencias interiores. A solas consigo mismos y con la nada, aprendieron a sentirse parte del Todo, de la Vida y de Alláh. Son gente con una riqueza interior apabullante y con una envidiable educación natural en valores humanos: respeto, solidaridad, lealtad, confianza,... Pero no tienen edad. Tuvieron que inventarse un día y un mes de un año cualquiera para inscribirse en un registro y ser “alguien” en la sociedad a la que se incorporaron en su adolescencia o su juventud. Algunos aprendieron a leer y a escribir. Otros, algún oficio, otros... otros no aprendieron nada y se sumieron en la melancolía o, incluso, en la locura. No os miento: los conozco. Y, como ellos, yo también pienso que “Allah es Grande” porque los cruzó en mi camino y me enseñaron algunas cosas que han marcado mi vida y mi corazón para siempre. Y os cuento esto, porque a veces, establezco una similitud entre esos nómadas del desierto y el Proyecto Ávalon. 

El Proyecto “nació” oficialmente el 3 de febrero del 2004. Pero hasta entonces, anduvo durante años y años recorriendo las arenas de nuestros desiertos más íntimos, perdiéndose en hermosos atardeceres y aprendiendo a superar el dolor de caminar entre las piedras ardientes, soportando el implacable siroco, encalleciendo sus pies y ensanchando su corazón. El Espíritu de Ávalon se fue forjando paso a paso, año tras año, entre lágrimas y risas, entre hermosos sueños y amargas experiencias. Y quienes decidimos avanzar a su sombra, fuimos tropezando con él, creciendo con él, aprendiendo con él, amándolo sin darnos cuenta. Amándonos sin darnos cuenta. 

El Proyecto Ávalon no es sólo una ONG que se constituyó para colaborar en la arquitectura de una Cultura de Paz. El Proyecto Ávalon surgió de la Nada de nuestros propios desiertos para ayudarnos a construirnos a nosotros mismos y, así, entender las dificultades, las carencias, los miedos que tienen los demás para construirse a sí mismos y que, por tanto, les incapacita para ayudar a construir el mundo que queremos. De ahí que siempre hayamos dado una significativa relevancia al desarrollo de la dimensión interna de la paz. 

Ayer tarde, una compañera de viaje a través de esos desiertos se cuestionaba qué entendemos realmente por “dimensión interna de la paz”. Trabajarla es nuestra tarea principal, nuestro más importante cometido, porque ningún esfuerzo que hagamos a favor de la paz obtendrá fruto alguno si no lo hacemos desde nuestra propia paz interior. 

Pero, ¿sabemos trabajarla? 

En ocasiones he escuchado a algunos voluntarios expresar su rechazo hacia las meditaciones o manifestarse totalmente agnósticos y no mostrar interés alguno por las cuestiones espirituales. Y, sin embargo, trabajan su dimensión interna incansablemente y de manera admirable. Y es que no basta con mirarse hacia dentro. Antes, hemos de quitarnos la venda de los ojos, si es que realmente pretendemos avanzar por el camino de la paz interna y de nuestra propia evolución personal. 

¿De qué nos sirve meditar durante horas, estudiar a los mejores Maestros espirituales,... si, en el fondo, ya nos sentimos satisfechos cuando nos miramos hacia dentro? Nos sentimos “buena gente”, actuamos con un nivel aceptable de generosidad y nos complacemos de nuestra actitud respetuosa hacia los demás. Nos invade una ola de amor universal que queremos transmitir a quienes nos rodean y pretendemos mostrarnos como modelos de convivencia y de paz. Pero nuestro día a día es lo que vale. Y ese es el mejor reflejo de nuestra revolución y evolución interior. Y en ese día a día, a pesar de nuestro desarrollo interior, de nuestro esfuerzo por ayudar a los demás, nos sentimos poco valorados, frustrados, recriminados y tratados injustamente por quienes nos rodean. 

Entonces ¿qué es lo que falla en nuestras relaciones con los demás? ¿Son los demás siempre los culpables o la causa de nuestro desasosiego, nuestro enfado, nuestros sinsabores, nuestra frustración y nuestra sensación de impotencia y de injusticia? ¿No seremos acaso nosotros mismos? ¿Qué esperamos de los demás? ¿Que nuestra verdad les sirva? ¿Que nuestras reglas les sirvan? ¿Que nuestros propios esquemas esquematicen sus vidas y sus corazones? 

Nos vanagloriamos de ser tolerantes. Probablemente hemos aprendido a serlo, es verdad. Hemos aprendido a convivir con quienes nos rodean y pensamos que ya es suficiente. Pero les exigimos, abierta o calladamente, que actúen como nosotros. Que lo que a nosotros nos parece lo correcto lo sea también para ellos. ¿Quién tiene la vara de medir? ¿Qué esquemas son los acertados? ¿Quién marca las reglas y la diferencia entre lo correcto y lo incorrecto? Y es que confundimos el respeto con esa especie de tolerancia condescendiente que mostramos hacia los demás. Toleramos, pero no respetamos. Toleramos, pero reprochamos y juzgamos interiormente aquello que toleramos. No podemos conformarnos con “actuar” respetuosamente. Tenemos que trabajar para que el respeto hacia los demás sea algo tan instintivamente básico y natural en nosotros mismos, como la ternura que nos inspira un niño o la tristeza de un abandono. No tenemos que conformarnos con “actuar” generosamente. Tenemos que aprender a que la generosidad forme parte intrínseca de nuestro corazón y sea un acto tan reflejo como el parpadeo de nuestros ojos. En definitiva, no se trata de “actuar como”, hay que trabajar por “ser”. 

Los valores que damos a la amistad, al amor, seguramente son los mismos para casi todos: confianza, lealtad, entrega, generosidad... Pero nuestros diferentes esquemas mentales acerca de esos valores, hace que cada uno de nosotros, interiormente, acabe entiendo, o no entendiendo, el amor de una manera distinta. Mi amor no te vale, porque no cumple tus expectativas. Mi lealtad no te vale, porque no te la demuestro como tú esperas. Mis principios, mis valores, mis creencias, no te valen, porque no son los tuyos. Esperas de mí lo que esperarías de alguien como tú. Pero yo no soy tú. Ni los demás son nosotros. Romper con nuestros esquemas mentales es fundamental para alcanzar esa paz interior que perseguimos. 

Si no conseguimos eso, meditar no sirve para nada, ni asistir a cursos formativos, ni profundizar en ancestrales tradiciones espirituales, ni elevar nuestras plegarias y cánticos de amor a Dios. Tu día a día es lo que cuenta. Tu manera de relacionarte con tu pareja, con tus amigos, con tus compañeros.... Tu manera de convivir con ellos desde el respeto más absoluto, desde el amor más profundo, con esa generosidad tan natural como el parpadeo de unos ojos. No te eleves nunca en juez, porque tú has escrito tu propia Ley y, por tanto, no será justa. Trabajar día a día en ello es trabajar realmente en nuestra dimensión interna de la Paz. Y no es tarea fácil. 

En este cumpleaños “oficial” del Proyecto, me gustaría hacer una reflexión sobre todo esto. Cada uno de nosotros hemos aceptado participar de él, formar parte de él. Todos queremos trabajar, movilizarnos para cambiar poco a poco las cosas. Todos hemos aceptamos nuestro papel de “modelos” y aceptamos que ello pasa por un cambio en nosotros mismos. Entones, trabajemos en ello, pero de verdad, sin autocomplacencias ni autoengaños. Nuestro papel fundamental como voluntarios sería ese: intentar SER. Es la mejor forma de ayudar a los demás a que lo sean. Cada uno de nosotros, diferente. Cada uno de nosotros con nuestras vivencias, nuestros aprendizajes, nuestras creencias... Pero rompiendo barreras de verdad, rompiendo nuestras propias barreras, nuestros propios esquemas que nos alejan y nos aíslan del resto del mundo. 

Como el nómada del desierto, el proyecto ha crecido entre las tormentas de arena y la quietud de los atardeceres sobre las dunas. Y se hizo fuerte en su entorno. Pero ahora ya se ha incorporado a “la civilización”. Ya tiene una identidad, una fecha oficial de nacimiento y un nombre. La adaptación no es fácil. En nuestras manos está facilitar su labor de adaptación o, como a algunos de mis amigos nómadas, condenarlo a la inutilidad, a la tristeza o a la locura. El proyecto Ávalon es un reflejo de lo que somos nosotros mismos. Su corazón es el nuestro y su fuerza es la nuestra. No busquemos siempre causas externas, no busquemos culpables. No exijamos responsabilidades a los demás. Mirémonos dentro y con todo el amor y la humildad que nos debemos a nosotros mismos, aprendamos a crecer interiormente y veremos, a la vez, crecer nuestro proyecto común. 

Al fin y al cabo, cada uno de nosotros no somos mas que un pequeño, hermoso y necesario proyecto de paz para el mundo. 

 

 

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