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Autor   Publicado en Proyecto Avalon con fecha 18/07/2006

Antonio Cutanda -

GRIAN (Antonio Cutanda) es psicólogo, escritor, comunicador y activista social. Autor del bestseller El jardinero (1996), con 25 ediciones en castellano y traducido a 8 idiomas, es asimismo el fundador y director del Proyecto Avalon - Iniciativa para una Cultura de Paz.

 

Unas manos pegan un pasquín en la pared donde se ve una estrella de David, un signo de igualdad y el símbolo nazi 

Las víctimas de ayer son los verdugos de hoy. ¿Cuándo nos daremos cuenta de que este camino no lleva a ninguna parte?

 

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VÍCTIMAS O VERDUGOS

por Grian

Boletín Dar al-Salam, Montseny, 18 de julio de 2006 

El fantasma de una guerra a gran escala ha vuelto a aparecer en las sufridas tierras de Oriente Próximo, quién sabe si convirtiendo en profecía la amenazadora fanfarronada del dictador Sadam Hussein cuando, en vísperas de la Guerra del Golfo, aquélla que pusiera en marcha el padre del actual presidente de los Estados Unidos en 1991, dijera que aquélla sería «la madre de todas las batallas». 

Qué duda cabe que unas guerras alimentan a otras, y que unas injusticias alimentan otras injusticias, convirtiendo el horror de la sangre y de la carne destrozada en una cadena que, en ocasiones, se nos antoja imposible de romper. Ante este panorama de absurdos, de insensatez y, por qué no decirlo, de estupidez humana, ¿qué posición podemos adoptar los que desearíamos ver el fin de toda guerra y de toda violencia? 

En primer lugar, cómo no, denunciar con la fuerza de la palabra a aquéllos que sumergen a sus pueblos en ese infierno, mientras salvaguardan sus vidas desde la distancia de sus despachos y de sus cargos, mandando a morir a otros que ni siquiera sabrán cuál fue el verdadero motivo por el que se les llevó a perder la vida. 

Debe de ser ésta una denuncia incesante, incansable, tenaz, nacida de nuestra arma más contundente, la razón, la única que podemos oponer frente a la insensatez y la cortedad intelectual de quienes no consiguen ver que la violencia jamás será un camino válido, que las injusticias y la imposición por la fuerza sólo engendran odio y, con el tiempo, más violencia. (No deja de sorprenderme que tantos líderes de naciones, grupos religiosos, étnicos o sociales —quienes, por el cargo que ostentan, se supone deberían ser personas por demás capaces, tanto mental como anímicamente—, puedan tomar decisiones de este tipo, que sólo podría entender en un necio, en alguien incapaz de ver las consecuencias de sus actos.) 

En segundo lugar, si, además de la debida denuncia, queremos poner algo de nuestra parte, por pequeño que sea, para limitar o no colaborar con el conflicto, debemos intentar adoptar una cierta posición de equidistancia frente a los bandos beligerantes. Con esto no quiero decir dejar de indicar, señalar y denunciar las injusticias o los crímenes contra la humanidad de unos u otros. Simplemente, pretendo decir que conviene que nos abstengamos de asignar papeles a los actores: «ésta es la víctima, aquél es el verdugo». 

Cierto es que ésta es una tarea harto difícil, por cuanto nuestras simpatías hacia uno u otro lado nos llevan a cargar más las tintas aquí o allí. Pero es una tarea que debe abordar todo aquel que pretenda trabajar por la paz o, al menos, que pretenda no ser parte del problema.  

El innegable poderío de Israel y de su «padrino», los Estados Unidos de América, pueden llevarnos, con razón, a exigir que moderen sus respuestas y que controlen sus impulsos destructivos. En definitiva, al que más fuerza tiene, al que menos tiene que temer, se le puede exigir un mayor autocontrol de sus actos. No en vano el número de víctimas de sus enemigos, sean palestinos, libaneses o iraquíes, es siempre muy superior al de sus propias víctimas, con lo que el sentimiento de injusticia, el odio y las ansias de venganza de sus enemigos se incrementan en progresión geométrica. Pero eso no debe hacernos caer en brazos del bando más débil en el conflicto, que también se deja llevar por sus más bajos instintos y por su propia insensatez, haciendo uso de una violencia absurda que, aunque pueda comprenderse humanamente por el ardor que genera la injusticia en las entrañas, no deja de ser de todas formas injustificable. 

No hace aún un mes, el escritor y excorresponsal de guerra Arturo Pérez Reverte comentó en una entrevista en televisión que no creía en esa diferenciación entre víctimas y verdugos porque, en los muchos años que estuvo informando desde escenarios de guerra y masacres, se había cansado de ver cómo las víctimas de ayer se convertían en los verdugos de mañana, y viceversa. 

Su comentario me llamó mucho la atención, y lo valoré profundamente por cuanto quien conoce la guerra de primera mano —y no aboga por ella— puede ofrecer atisbos y valoraciones esclarecedores que nos permitan comprender en profundidad la dinámica interna del ser humano en lo referente a la violencia y la guerra. 

El comentario de Arturo Pérez Reverte venía a confirmar una inquietud que me ronda por la cabeza desde hace muchos años, una pregunta que, como yo, se están haciendo millones de personas en todo el mundo: ¿cómo puede ser que el pueblo hebreo, el pueblo judío, habiendo sufrido un genocidio como el que sufrió durante la Segunda Guerra Mundial, pueda aceptar lo que sus sucesivos gobiernos están haciendo con el pueblo palestino? En resumen, ¿cómo puede ser que las víctimas del holocausto nazi se conviertan en los verdugos de un pueblo al que expropiaron de sus tierras? 

Que nadie opte por la salida fácil de acusarme de antisemitismo, pues me siento profundamente honrado de tener amigos judíos muy queridos para mí, además de ser casi con toda seguridad descendiente de judíos sefardíes (la confirmación la obtendré el día que tenga tiempo para investigar mi árbol genealógico, cosa por demás difícil para mí). Que nadie me acuse de antisemitismo, repito, porque sé que muchos judíos también se hacen estas mismas preguntas. 

Quizás la respuesta a estas cuestiones se encuentre en la pérdida de perspectiva que genera el convertirse en víctima de las atrocidades de otra persona o grupo social, una pérdida de perspectiva que nos lleva a negarle la humanidad al verdugo, pues ahí es donde radica el peligro de que algún día podamos convertirnos también en verdugos. 

Según las formulaciones de la terapia de Constelaciones Familiares (una terapia que está sorprendiendo por los profundos cambios que genera en las personas),[1] y basándose en lo que esta terapia denomina «los Órdenes del Amor», cuando se excluye por un motivo u otro a una persona de una familia (o, de forma similar, cuando se excluye a un grupo social, a una etnia o a una nación de la familia humana), siempre aparece otro miembro de la familia que, inconscientemente, asume su posición y representa al excluido de una manera u otra. Es como si la Ley del Amor nos obligara a darle entrada de nuevo a todo aquél que excluimos de nuestro corazón o de nuestro recuerdo amoroso, introduciéndolo con los mismos estigmas o deficiencias por los que se le excluyó.

Esto vendría a coincidir con las visiones filosóficas que se desprenden de los descubrimientos de la Física Cuántica,[2] según las cuales los seres humanos somos «uno», y estamos interconectados entre sí de un modo inextricable (y casi inexplicable) que nos lleva a considerar a la humanidad como un único ente del que no se puede extraer a nadie. Dicho de un modo un tanto burdo y simplista, «vamos todos en el mismo barco» (o quizás, «todos somos ese barco») y necesariamente, por imperativo de las leyes del universo, tenemos que cuidar unos de otros y mantenernos unidos y en armonía, por cuanto lo que es malo para uno solo de nosotros, es malo a la larga y en definitiva para todos. 

Visto desde aquí, el hecho de negarles la humanidad a los verdugos y la negativa al perdón lleva más pronto o más tarde a que, desde dentro del mismo seno de las víctimas, se incluya a los excluidos, es decir, a los verdugos, representándolos con los mismos estigmas por los que se les negó su humanidad. Esto explicaría muy bien el por qué las víctimas terminan convirtiéndose en verdugos y los verdugos en víctimas, y de ahí que no resulte conveniente, ni siquiera como espectadores del conflicto de otros pueblos, el tomar partido hasta el punto de asignar papeles de víctimas y verdugos a unos y a otros. 

No sé si el actual recrudecimiento del conflicto de Oriente Próximo puede llevar o no a una guerra  a gran escala de consecuencias impredecibles para toda la humanidad, según lo expuesto anteriormente. Sí sé por desgracia que, individualmente, no estamos en disposición de detener esa escalada de la violencia que contemplamos en la distancia de nuestros televisores. Pero lo que sí podemos hacer es todo lo que esté en nuestra mano para mitigarla, y para que se adopten posturas y actitudes que prevengan en un futuro nuevas escaladas, a saber: denunciar con la fuerza de la palabra a aquéllos que optan por la violencia y la guerra, y evitar en la medida de lo posible asignar papeles de víctimas y verdugos, reconociendo la humanidad de todo ser humano, por bárbaros que puedan haber llegado a ser sus actos. 

En esto se fundamentaría el ser parte de la solución, y no parte del problema. 



[1] Vease el libro The Healing of Individuals, Families and Nations, de John L. Payne, de próxima publicación en castellano en Ediciones Obelisco (no dispongo aún del título que llevará en castellano).

[2] Recomiendo encarecidamente que, sobre este tema, se visione la película-documental de reciente aparición ¿Y tú qué sabes?, donde se ahonda en las consecuencias de los descubrimientos de la Física Cuántica.

 

 

 

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