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Autora   Publicado en Proyecto Avalon con fecha 12/10/2006

Elena Pérez

ELENA PÉREZ es funcionaria de la administración autonómica valenciana, activista pro-derechos civiles desde hace más de 30 años y miembro fundador del Proyecto Avalon - Iniciativa para una Cultura de Paz.

 

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UNA NUEVA Y ENRIQUECEDORA REALIDAD SOCIAL

por Elena Pérez

Editorial de la website del Proyecto Avalon, Requena, 12 de octubre de 2006

Enfoquemos esta nueva realidad como la mejor de las escuelas donde podamos aprender a crecer como individuos, como un espacio de mutuo enriquecimiento y convivencia pacífica, que debemos legar a quienes nos sucedan 

En un mundo gobernado básicamente por criterios económicos y en el que dos tercios de su población se sumen en la pobreza, el aumento de la inmigración y los movimientos de refugiados que huyen de la guerra o de la falta de derechos políticos y civiles en sus países, suponen una realidad vigente en nuestra sociedad occidental. Cada vez más personas de diferentes culturas y religiones nos vemos conducidas a un proceso irreversible de mutua convivencia. Esta coexistencia con comunidades diferentes a las nuestras origina a menudo tensiones, recelos y conflictos, máxime cuando las referencias sobre “los otros” que recibimos a través de los medios de comunicación suelen ser negativas en su mayoría, por la estrepitosa resonancia de las llamadas guerras de religión, el miedo generado ante posibles atentados terroristas de grupos fundamentalistas o la detección de grupos europeos de criminales organizados.

Desde nuestro desconocimiento, a menudo confundimos religión con identidad étnica o tradición cultural y tampoco somos capaces de percibir que, probablemente, el uso con fines políticos de la religión, la búsqueda de poder a través de ella, unido a las desigualdades y a la pobreza es lo que alimenta el fanatismo y el resurgir de mentalidades radicales. Todo ello, favorece nuestra tendencia a generalizar, a crear estereotipos, a evaluar y juzgar parcialmente, desde la ignorancia y el miedo, a los que no son como “nosotros”

Así pues, el proceso de convivencia en la diversidad que podría suponer un recíproco enriquecimiento, una búsqueda común de justicia y de paz y una necesaria reflexión autocrítica de todas las sociedades, culturas y religiones, en la práctica se percibe con desconfianza ante el “otro”, a veces con temor, casi siempre con incomprensión y muchas veces con rechazo. Acostumbramos a filtrar aquello que nos es nuevo a través de nuestro propio tamiz, al que consideramos, sin lugar a dudas, como el apropiado, el único válido, el único capaz de descubrirnos la Verdad. Reaccionamos, pues, reafirmando nuestra propia identidad individual y colectiva, nuestras propias convicciones y nuestros propios credos, reivindicando nuestra superioridad moral y desarrollando la necesidad de protegernos contra el “otro”.

La diversidad cultural y religiosa del mundo es una realidad que necesita ser comprendida y aceptada como el mejor de los legados y el tesoro más preciado de la estirpe humana. Tan sólo desde el conocimiento veraz y no contaminado; desde el respeto a las tradiciones históricas de otros pueblos; desde el deseo sincero de renunciar a estereotipos aprendidos, de relacionarnos con gentes de otras religiones y culturas; desde la renuncia a nuestra creencia de estar en posesión de la única verdad; desde el pleno convencimiento de que no debemos eliminar ni desdeñar nuestras diferencias, sino abrirnos a ellas desde la confianza, el respeto y el propósito de enriquecernos aunando nuestros conocimientos; tan solo, entonces, seremos capaces de crear un mundo diferente de concordia y convivencia pacífica. No es fácil para nadie esta tarea porque no se trata tan solo de aprender a respetar a nuestros nuevos vecinos de escalera. Ambos necesitamos de una enorme capacidad para el desapego, una sincera y tenaz búsqueda de diálogo y de entendimiento. Y, seguramente, grandes dosis de paciencia y humildad por ambas partes.

Nos negamos a creer que exista un solo pueblo en el mundo cuya máxima aspiración sea otra que la de vivir en paz y en armonía. Nos negamos a creer que exista un solo pueblo en el mundo que no esté dispuesto a trabajar por dejar un mundo mas justo y equilibrado para sus hijos. Nos negamos a creer que exista una sola religión en el mundo, donde la raíz de su tradición espiritual sea otra que la del amor, la compasión y la búsqueda de sabiduría. A partir de estos preceptos, habría que abandonar todo tipo de prejuicios y estereotipos creados mediante usos políticos, radicales o fundamentalistas de la religión y de la cultura y ponernos a trabajar con confianza, abiertos a modificar creencias profundamente arraigadas. Creyentes y no creyentes del mundo estamos obligados a entablar un diálogo de vida en común. Un diálogo que puede descubrirnos nuevas perspectivas y matices y facilitarnos nuevos recursos que nos ayuden a mejorar como personas y que nos permita avanzar en perfecta armonía por el nuevo mundo que estamos construyendo. Un mundo nuevo en el que las fronteras se esquivan y se acortan distancias entre pueblos, razas, culturas y religiones. Enfoquemos esta nueva realidad como la mejor de las escuelas donde podamos aprender a crecer como individuos, como un espacio de mutuo enriquecimiento y convivencia pacífica que debemos legar a quienes nos sucedan. 

 

 

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