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Autor   Publicado en Proyecto Avalon con fecha 02/01/2007

Antonio Cutanda -

GRIAN (Antonio Cutanda) es psicólogo, escritor, comunicador y activista social. Autor del bestseller El jardinero (1996), con 25 ediciones en castellano y traducido a 8 idiomas, es asimismo el fundador y director del Proyecto Avalon - Iniciativa para una Cultura de Paz.

 

Instantes previos a la ejecución de Sadam Hussein 

Cuando hablamos de justicia... ¿no estaremos hablando muchas veces de "venganza"?

 

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VENGANZA... VENGANZA...

por Grian

Boletín Dar al-Salam, Montseny, 2 de enero de 2007 

La mañana del día 30 me sentía feliz con los preparativos de la celebración de la Nochevieja. Tenía previsto celebrarla en compañía de unos amigos queridos en «mi lago», un lugar que transmite una profunda paz y que aparece en los paisajes de varios de mis libros; un rincón lejano de la naturaleza que evoca, en todo aquél que lo visita, un profundo silencio interior. 

Pero la paz anticipada se me tornó amarga oscuridad cuando, informándome de las últimas noticias en Internet, antes de partir, me encontré con el anuncio de la ejecución en la horca del dictador iraquí Sadam Husein.  

            —¿Por qué te horrorizas con la justa ejecución de ese genocida? —me pareció escuchar en mi interior la voz de todos aquellos que deseaban su muerte. 

            —Porque era un ser humano —dijo una vocecilla tenue en mi interior—, y le han matado a sangre fría, premeditadamente...  

            —También él mató a sangre fría a miles y miles de inocentes —respondieron indignadas las voces de quienes deseaban su muerte—. ¿Es que ignoras el horror que vivieron todas esas personas, víctimas de su codicia y su maldad? 

            —No, no puedo ignorar tanto horror ni tantas muertes inútiles —dijo la débil vocecilla—, pero tampoco puedo ignorar el horror de las últimas horas de ese hombre perdido en su inconsciencia. 

            —¡Calla ya, iluso, idealista! —clamaron las voces— ¡Al fin se ha hecho justicia! 

            —No, justicia no —dijo apesadumbrada, aunque serena, la voz—. No se ha hecho justicia. Dadle a las cosas su verdadero nombre. Se ha hecho venganza.  

            “Venganza, sí... venganza... Seamos honestos con nuestros sentimientos; no los disfracemos de una civilizada cordura de la que carecen. Venganza pura y dura, sin disimulos, sin eufemismos, sin escondernos a nosotros mismos nuestros más bajos instintos... tan bajos como los que animaron los actos de Sadam Husein”. 

Luego, el ser humano que hay en mí siguió sumido en sus reflexiones: 

            —¿Cómo han podido ejecutarlo, estando Iraq al borde de una guerra civil? ¿Cómo han podido ser tan insensatos? —se preguntaba extrañado— Y el gobierno de los Estados Unidos, ¿cómo es que no ha hecho nada por evitarlo? Debían saber que esta ejecución agrava la situación en Iraq, de donde no saben cómo salir ahora. ¿Cómo es que unos hombres, supuestamente inteligentes, cautos y previsores, no han sido capaces de ver las posibles consecuencias de esta bárbara ejecución? ¿O es que realmente desean una guerra civil en Iraq?”  

            —Quizás desean seguir activando su economía a través de la locomotora de la industria armamentista —se dijo el suspicaz que hay en mí—, por muchos muertos que pueda traer consigo tal locura. O quizás, simplemente, han querido hacer un escarmiento: “Así es como terminan nuestros títeres, si se atreven a revolverse contra la mano que les da de comer”. 

            —Venganza... venganza —repetía la tenue vocecilla en mi interior.  

            “¡Qué triste ver en lo que se están convirtiendo los Estados Unidos de América! —me dije cabizbajo—. Un día fueron la esperanza del mundo, con una constitución ejemplar, que hacía a todos los hombres iguales ante la ley, que terminaba con siglos de arbitrariedades y de injusticias sobre el pueblo llano. Desde la vieja Europa, las gentes de bien les miraron expectantes. Pero luego, imitando a españoles, ingleses, franceses y holandeses, comenzaron los desmanes... la esclavitud, la masacre de los pueblos indígenas... Hiroshima... Nagasaki... Ahora, muchos norteamericanos, avergonzados de su propio gobierno, están optando por el exilio voluntario en Canadá o en México, al igual que hicieron muchos intelectuales, científicos y gentes de bien de la Alemania de los años 30, durante los primeros años del nazismo; un nazismo que exigía un desagravio frente a aquellos que habían humillado a Alemania al término de la Primera Guerra Mundial...”  

            —Venganza... venganza... —seguía musitando la vocecilla. 

Más tarde, llegado el mediodía, ya ante la serena majestad del lago, una amiga, a través del móvil, vino a sumirme aún más en el sombrío mundo que, más allá de la paz que me rodeaba, seguía rugiendo en la lejanía.  

            —¿Os habéis enterado de la bomba que ha estallado en la terminal 4 de Barajas? —me dijo en tono apagado. 

            —No —respondí alarmado—. ¿Qué ha pasado?  

            —Parece que ha sido ETA —continuó—. Hay dos desaparecidos. Siento amargaros el día...  

Me quedé mirando las relucientes aguas del lago, pobladas en estos días por una alborotada bandada de cormoranes.  

“ETA, otra vez ETA —me decía el que piensa en mí sin salir de su asombro—. Creía que esta vez, por fin, iba a terminar esta pesadilla”  

Y lo lamenté profundamente por los dos desaparecidos (¡Dios mío, en qué quedan los cuerpos humanos con esos terribles ingenios de muerte!), y también lo lamenté por todos aquéllos que, como yo, habían creído que ETA, finalmente, iba a dejar de matar.  

“¡Cuadrilla de dementes imbéciles! —dijo el actor de mi mal genio apretando los dientes— ¡Alucinados de mente infantil que juegan a ser héroes, sumidos en el espejismo decimonónico de las patrias, en el sopor de su torpe consciencia, que les impide ver el dolor y el horror que siembran a su paso!” 

            —También son seres humanos —me recordó la tenue vocecilla en mi interior; y bajé la cabeza, reconociendo la verdad de sus palabras.  

El centelleo del sol en el lago me devolvió al presente y me permitió recuperar la tranquilidad.  

“Me resulta difícil de entender tal grado de inconsciencia en personas que parecen inteligentes —alguien se justificó en mí—. ¿Cómo no se dan cuenta de lo que están haciendo, del dolor tan intenso y tan profundo que generan, del horror en el que sumen el alma de tantas personas? ¿Cómo puede ser que no lo vean?” 

            —Se sienten agraviados —me dijo la vocecilla suavemente.  

“Sí —acepté—, se sienten llamados a resarcir al pueblo vasco de tantas injusticias y tropelías como se cometieron con ellos en el pasado”.  

            —¡Pero el pasado está muerto —exclamé en voz alta— y pretenden negarles a todos el derecho a vivir el presente!  

“Viven el presente desde el pasado”, volvió a hablar el que piensa en mí.  

            —Venganza... venganza... —dijo de nuevo la vocecilla.  

“El presente, sumérgete en el presente —oí decir al actor de mi sensatez—. Regresa al lago, a tus amigos, a la bondad y la belleza de la hermandad que vives con ellos”. 

Y durante dos días me olvidé del alboroto del mundo exterior, envuelto por el cálido vientre nutricio de las montañas y el lago, acunado en los abrazos de mis amigos, sosegado en el apacible arrullo de las melodías fraternas.  

Hoy, al entrar en Internet para volver al mundo, después de ese interludio de paz en el lago, entre montañas y hermanos, me he encontrado con las secuelas de lo sucedido hace tres días, el año pasado. 

Los que albergaron alguna esperanza en el proceso de paz en el País Vasco se sienten hundidos y fracasados. Los que nunca creyeron en ese proceso de paz están crecidos, creyendo que los hechos han demostrado que tenían razón.  

“Y no se dan cuenta de que, con su actitud, lo único que han hecho ha sido alimentar la guerra, el dolor y la muerte, que afirman querer vencer —he escuchado la voz del más triste de mis yoes en mi interior—. No se dan cuenta... no se dan cuenta...”  

            —Se sienten agraviados —ha dicho la tenue voz en mi pecho.  

            —Sí —me he sorprendido al oír mi voz—, se sienten llamados a resarcir a los muertos, por su injusta muerte y por el dolor padecido. Pero los muertos están muertos, y la total destrucción del enemigo no les va a devolver la vida.  

            —Venganza... venganza... —he escuchado de nuevo la tenue y nítida voz.  

“Sí, venganza. Venganza que alimenta los conflictos, que renueva los odios, que perpetúa el dolor. Venganza que nos negamos a admitir y encubrimos con palabras sensatas y civilizadas, como justicia, memoria, honra o respeto. Venganza que nos acompaña día tras día y no reconocemos su rostro. La misma venganza que alimentó a los suicidas de las Torres Gemelas; la misma venganza que llevó a las tropas americanas a Afganistán, a Iraq; la venganza de los atentados en las estaciones de Madrid; la venganza de los suicidas palestinos y la de las represalias israelíes; la venganza de los etarras y de los que no quieren una paz sin castigo; la venganza de la ejecución de Sadam Husein; la venganza de...” 

Y, en un murmullo, he escuchado mi voz desde lo más profundo de mi pecho:  

            —Mientras no renunciemos a la venganza, el mundo de paz y armonía en el que todos soñamos nos estará vedado, como vedado le está el cielo a la oruga que no acepta la muerte en el capullo. 

 

 

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