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Autor   Publicado en Proyecto Avalon con fecha 01/04/2008

Antonio Cutanda -

GRIAN (Antonio Cutanda) es psicólogo, escritor, comunicador y activista social. Autor del bestseller El jardinero (1996), con 25 ediciones en castellano y traducido a 8 idiomas, es asimismo el fundador y director del Proyecto Avalon - Iniciativa para una Cultura de Paz.

 

Manifestantes tibetanos envueltos en su bandera 

El coraje del pueblo tibetano

 

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TIBET: NO NOS RINDAMOS

por Grian

Editorial de la website del Proyecto Avalon, Montseny, 1 de abril de 2008 

Una vez más, el poderío militar de los que pretenden imponer su voluntad a cualquier precio se ceba sobre un pueblo sometido y pisoteado. Una vez más, las ansias de libertad y el deseo natural de supervivencia de una cultura se ven aplastados brutalmente por decisión de cuatro lunáticos enfurecidos cuyo poder militar no está en consonancia con sus luces. Una vez más, los necios echan mano de sus peligrosos juguetes de guerra para imponer su infantil voluntad a un pueblo que, con su líder a la cabeza, el Dalai Lama, ha estado dando un ejemplo de madurez humana, de resistencia no violenta; un ejemplo que todas las naciones del mundo deberían imitar. 

Y no es por falta de coraje ni de tradiciones guerreras. El pueblo tibetano tiene también su historia épica y sus mitos heroicos, como el rey Gesar de Ling, algo parecido a lo que el rey Arturo supuso en la cultura europea. No, el pueblo tibetano ha estado resistiéndose a la dominación china, en su mayor parte de forma no violenta, por convicción propia, porque ha asumido profundamente la visión de la vida y del mundo que le ha proporcionado el budismo, posiblemente la única religión que no ha hecho nunca una guerra de religión. Y es este hecho el que hace aún más clamorosa la injusticia de las masacres que los mandatarios chinos vienen perpetrando sobre la población tibetana desde octubre de 1950. Si los grandes sabios que ha dado China a la historia de la humanidad levantaran la cabeza se avergonzarían profundamente de lo que los dirigentes de este gran pueblo están haciendo con el Tibet.

Y es que nos negamos a culpar a todo un pueblo por las necedades de sus dirigentes. El pueblo chino y la cultura china han sido un esplendoroso regalo para la humanidad a lo largo de la historia, aportando a nuestra especie muchas de las más elevadas consecuciones del genio humano, tanto en los mundos tangibles materiales como en los mundos más sutiles del arte y del espíritu. Pero, una vez más, como en la historia de todos los grandes pueblos, unos pocos necios consiguen hacerse con el poder y terminan sojuzgando y maltratando a todos aquellos que no se avienen a sus deseos. Los primeros en sufrirlos han sido los propios chinos, aunque quizás su dureza haya sido aún mayor con sus vecinos, los tibetanos.

Pero la aberración de los dirigentes chinos se hace aún más patente, se hace aún más impúdica, cuando pretenden justificar sus crímenes culpando a quien posiblemente sea en estos momentos el único ser humano del que nadie, absolutamente nadie, dudaría de su integridad y de su altura moral y espiritual: el Dalai Lama. Una vez más, el necio pretende humillar y sojuzgar al sabio. Es la historia de siempre, pero una historia que tiene los días contados.

Como dice William Ury, que trabajó en temas de pacificación para el departamento de estado de los Estados Unidos y para el parlamento ruso, en su libro Alcanzar la paz, «Una de las características más expresivas de la guerra moderna es la caída abrupta de las probabilidades de que el agresor obtenga la victoria. En los siglos pasados, el agresor tenía por lo menos un cincuenta por ciento de probabilidades de vencer. A mediados del siglo XX, esas probabilidades se habían reducido al treinta por ciento. En la década de 1980, la cifra bajó al diecinueve por ciento. Considerando que las probabilidades de resultar vencedor son menos de una entre cinco, tal vez no deba sorprendernos que los estados estén dejando de iniciar guerras con otros estados». En conclusión, hay que tener muy pocas luces para que, siendo uno el dirigente de una gran potencia mundial, opte por el uso de la fuerza, opte por la agresión, en cualquier conflicto que tenga entre manos. De ahí el calificativo de «necios»; no como insulto ni ofensa, sino como adjetivo aplicable a quien se conduce de un modo tan insensato como irresponsable e inconsciente.

¡Qué diferencia con aquél a quien pretenden culpar de sus propios crímenes, con aquél que se hizo acreedor del Premio Nobel de la Paz y que sigue mereciéndose más que nadie ese premio año tras año. Un hombre cuyas palabras y cuyos frutos («por sus frutos los conoceréis») dejan en evidencia las excusas de los líderes chinos:

Pase lo que pase, no os rindáis. Expandid vuestro corazón. (…) Sed compasivos. No sólo con vuestros amigos, sino con todos. Trabajad para la paz dentro de vuestro corazón y en el mundo. Trabajad para la paz. Y de nuevo os digo: No abandonéis nunca, suceda lo que suceda. No importa lo que ocurra a vuestro alrededor. NO OS RINDÁIS. 

 

No nos rindamos. Sigamos trabajando por la paz, por la justicia, por el derecho a la vida, por el bien de todos los pueblos. Sigamos trabajando para que los necios dejen de ser necios, y amplien su consciencia al punto que vean los graves errores que están cometiendo. Al fin y al cabo, ellos también son humanos, como cualquiera de nosotros. Sigamos oponiéndonos a la injusticia y a la opresión, pero desde la no-violencia, desde el respeto y el amor al opresor, como quería Gandhi. 

Tibetanos, no os rindáis. Vuestra lucha nos enseña que el poder de las armas nada puede con la firme determinación y con la voluntad de todo un pueblo. Vuestra determinación es nuestro ejemplo. Seguid luchando por vuestra cultura y por vuestro pueblo, pero contened el puño. Mostradnos, como quiere vuestro líder, el Dalai Lama, que se puede vencer al opresor sin causarle daño, que se puede alcanzar una victoria sin vencidos, más épica que las victorias de Gesar de Ling. Demostradnos a todos que se puede alcanzar la victoria con las manos desnudas… sin armas.  

 

 

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