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Autor   Publicado en Proyecto Avalon con fecha 22/08/2009

Antonio Cutanda -

GRIAN (Antonio Cutanda) es psicólogo, escritor, comunicador y activista social. Autor del bestseller El jardinero (1996), con 25 ediciones en castellano y traducido a 8 idiomas, es asimismo el fundador y director del Proyecto Avalon - Iniciativa para una Cultura de Paz.

 

1967. Una joven hippie se enfrenta a las bayonetas de los soldados delante del Pentágono 

1967. La joven hippie Jan Rose Kasmir se enfrenta a las bayonetas de la Guardia Nacional frente al Pentágono, durante la marcha pacifista contra la Guerra de Vietnam

 

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NO PODEMOS BAJAR LOS BRAZOS AHORA

por Grian

Blog Guerreros del Arcoiris. Requena, 22 de agosto de 2009

 

Me llena de esperanza profundizar en la lectura del libro The Cultural Creatives, del sociólogo Paul H. Ray y la psicóloga Sherry Ruth Anderson (New York: Three Rivers Press, 2000). En el año de la publicación de este libro, el 2000, los autores desvelaban la aparición, según los estudios sociológicos, de una nueva subcultura en la sociedad de los Estados Unidos. 

 

Junto a la subcultura dominante, hija del Modernismo, y la que hasta entonces había sido la segunda subcultura en importancia, basada en el Tradicionalismo, Ray y Anderson anunciaban el rápido crecimiento de un tercer grupo de personas cuya visión de la realidad, estilos de vida, valores y principios, estaban transformando rápidamente la sociedad norteamericana. De hecho, en los estudios realizados el año anterior, 1999, esta tercera subcultura había desbancado ya a la segunda, la de los tradicionales, en número de personas, con un 26% de la población adulta (unos 50 millones de personas), convirtiéndose en sólo 40 años de existencia en la más importante fuerza social para el cambio en la sociedad estadounidense.

 

Paul H. Ray, que había detectado ya este grupo de población años atrás, les había denominado, los Creativos Culturales, porque estaban apuntando a la construcción de una nueva sociedad y una nueva cultura, con unos valores basados en la sostenibilidad, la solidaridad, la no-violencia y la justicia social. Posteriormente, el Consejo de Europa, a la vista de estos datos, realizó diversos estudios en Europa y detectó que el número de Creativos Culturales en nuestro continente era igual o mayor que en los Estados Unidos (recientes estudios indican que en Italia llegan ya al 35% de la población adulta).

 

En la parte central de su libro, Ray y Anderson analizan cómo se gestó y cómo se ha ido desarrollando durante todo este tiempo esa sorprendente subcultura que, por su rápido crecimiento, apunta ya a conformar la visión de la realidad, los estilos de vida y los valores de la sociedad global del siglo XXI.

 

Los Creativos Culturales nacieron en la década de 1960 (a finales de la década, eran apenas un 5% de la población) con los movimientos sociales y los movimientos de consciencia de la juventud de aquella época. Su impacto y su presencia en los medios de comunicación fue intenso durante los años 60 y 70, pero luego parecieron desvanecerse en su mayor parte, quedando solamente a la vista los movimientos sociales y ecologistas de las diversas ONG nacidas en aquellos años.

 

Según los autores, esta subcultura estaba en realidad echando raíces, antes de dar un nuevo «estirón» en sus zonas aéreas y visibles. Seguía creciendo, como así lo atestiguan los estudios sociológicos, y preparando, casi sin ser conscientes de ello, el cambio social que parecen anunciar las investigaciones de Paul H. Ray.

 

En esta parte de este amplio proceso social, tal como lo cuentan Ray y Anderson, ha habido una sección con la que me he sentido profundamente identificado:

 

«Fue todo bastante chapucero e improvisado —y, después de varios años, agotador. La primera generación [de Creativos Culturales] no disponía de vías para organizarse, no disponía de estándares para una buena práctica [de sus actividades], y durante mucho tiempo no dispusieron de lugares donde reunirse. No tenían una fuente de ingresos estable (...) y no disponían de buenas vías para dar a conocer sus ideas. Cada vez que construían algo prometedor y que ganaban impulso, todo se desmoronaba y tenían que volver a empezar. 

 

»Era como si hubiera un agujero sin fondo en la cultura y las energías se escaparan sin cesar. Nadie sabía, o ni siquiera se habían planteado, cómo crear instituciones culturales para sustentar su trabajo, ese trabajo que era tan importante para ellos. La primera generación de personas comprometidas, eran muy psicológicas, muy individualistas (incluso las de tendencias espirituales), y a duras penas conseguían encontrar una salida.

 

»(...) En su mayor parte, utilizar los viejos usos y maneras de hacer las cosas, aunque se les pongan nuevas etiquetas, no funciona. Y, en ocasiones, los viejos usos eran absolutamente inadecuados. Los viejos usos no funcionaban, y los nuevos todavía no se habían inventado.» (p. 187)

 

 

Sí, me he sentido muy identificado con este pasaje. 

 

Desde los años 70, cuando, a través de la música, intentaba hacer mi aportación en la creación de una sociedad más justa y solidaria, y cuando, con 22 años, decidí que quería consagrar mi vida a trabajar por un mundo mejor, ése ha sido el paisaje de gran parte de mis esfuerzos en mi empeño por poner mi granito de arena en algo mejor para todos. Y ése ha sido el paisaje de la inmensa mayoría de personas que en los años 60 y 70 decidieron que valía la pena el esfuerzo de dejar una sociedad mejor para nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos.

 

Pero éramos jóvenes, y creíamos que «el cambio» podría llegar rápido. Aún no habíamos aprendido que la naturaleza, la vida, marca los ciclos de crecimiento, y que las semillas que plantábamos entonces necesitarían de varias décadas para comenzar a dar frutos en nuestra sociedad.

 

Ahora, 40 años después de que los boomers —la generación que nació después de la Segunda Guerra Mundial— iniciaran su revolución juvenil, comienzan a verse los frutos en un impulso masivo por una nueva humanidad y un nuevo mundo. Algo de profético tuvo el comentario de John Lennon, cuando le dijeron que el movimiento hippie y la revolución juvenil de los 60/70 no habían funcionado, al decir: «Aquello no fue el final. Fue el principio».

 

 

No. No fue fácil el largo viaje que nos ha traído hasta aquí, y no hace falta decir que aún no podemos bajar los brazos, que nuestro mundo sigue inmerso en el dolor y el caos, en la pesadilla de las guerras y las injusticias, en la destrucción de especies y ecosistemas que jamás podremos recuperar. 

 

Pero me llena de esperanza saber que las semillas germinaron, lanzaron sus brotes al sol y ahora comienzan a dar frutos; me llena de esperanza saber que somos ya muchos más de los que creíamos ser, que durante más de 20 años hemos estado creciendo en silencio (interior y exteriormente), y que la revolución anunciada en los años 60 (en estos días se celebra el 40 aniversario del Festival de Woodstock, que dio nombre a aquella generación) está acercándose o superando ya a un tercio de la población adulta en los países occidentales. Según Paul H. Ray, nunca en la historia se había visto un cambio cultural y social, de tanta envergadura como el que anuncian los datos sociológicos, en tan poco tiempo.

 

Para nosotros, lo seres humanos que lo hemos vivido, ha sido más de media vida... mucho tiempo, demasiado tiempo... Pero 40 años es un lapso temporal corto para los parámetros habituales de la historia y de la sociología.

 

Quizás tengamos que darle las gracias a Internet, otra invención, por cierto, de la década de los 60.

 

 

Pero ha habido otro fragmento del libro de Ray y Anderson que ha saltado de entre sus páginas y que me motiva aún más a proseguir con este trabajo de toda una vida por la construcción de un mundo mejor: 

 

«A medida que madura, gran parte del movimiento de consciencia está aprendiendo algo importante: que, cuando intentas cambiar una cultura, merece la pena ser persistentes. (...) En el movimiento de consciencia, las personas que pueden perseverar durante diez, veinte o treinta años son las que pueden provocar un impacto más poderoso en la cultura, porque ése es el verdadero horizonte temporal de la acción efectiva.» (p. 203) 

 

Ciertamente, no nos ha resultado nada fácil «perseverar» en nuestro empeño, viendo cómo se desmoronaban muchos de los proyectos que hemos estado poniendo en marcha a lo largo de tantos años. Pero a los que llevamos ya tanto tiempo «luchando» por una nueva humanidad debe llenarnos de esperanza saber que nuestro momento de máxima fortaleza y efectividad es inminente; y que, precisamente ahora, no es el momento de bajar los brazos, sino de remar con mucho más ímpetu en la dirección que le dimos a nuestro barco hace ya varias décadas. Como muy bien dijo el Dalai Lama en Barcelona no hace mucho: «No abandonéis nunca, suceda lo que suceda. No importa lo que ocurra a vuestro alrededor. No os rindáis». 

 

No. No podemos rendirnos ahora, no podemos bajar los brazos... cuando aquello que soñábamos está más cerca de lo que lo hemos tenido nunca.  

 

 

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