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Autor   Publicado en Proyecto Avalon con fecha 02/12/2009

Antonio Cutanda -

GRIAN (Antonio Cutanda) es psicólogo, escritor, comunicador y activista social. Autor del bestseller El jardinero (1996), con 25 ediciones en castellano y traducido a 8 idiomas, es asimismo el fundador y director del Proyecto Avalon - Iniciativa para una Cultura de Paz.

 

Tierras resquebrajadas debido a la sequía 

Resulta sorprendente la ceguera de los que no quieren ver lo que está ocurriendo en nuestro planeta

 

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SORPRENDENTE

por Grian

Blog Guerreros del Arcoiris. Requena, 2 de diciembre de 2009

 

La Cumbre de Copenhague sobre el Cambio Climático, que se va a celebrar entre los días 7 y 18 de este mes, bien podría ser nuestra última ocasión de detener la enloquecida carrera hacia el abismo que llevamos como especie.

En un principio, parecía que iba a ser un fracaso más de la política mundial, habida cuenta de que, hace once días, sólo habían confirmado su asistencia 65 representantes de los 192 estados miembros de la ONU. Pero, ayer, el primer ministro danés, Lars Lokke Rasmussen, confirmó que la asistencia ascendía ya a un centenar de países.

Esto no quiere decir que ya no vaya a ser un fracaso de todas formas, pero sí al menos que parece haber un mayor interés en el tema, si bien ese interés se me sigue antojando insuficiente. La mayoría de ellos sólo estarán en Copenhague los dos últimos días, aunque habrá muchos que sí irán el día 9, con motivo de la presencia de Obama en la cumbre. Y es que, ya se sabe, atrae más el «glamour» de estrecharle la mano al presidente Obama que intentar dar solución a los verdaderos problemas a los que nos enfrentamos en nuestro planeta.

Desde un principio, no ha dejado de sorprenderme la escasa importancia que muchos líderes mundiales le están dando al problema del cambio climático, ofuscados en la economía de sus propios países, sin querer aceptar que cualquier plan económico que ingenien les va a servir de poco ante las demoledoras consecuencias que puede tener un grave deterioro del clima en la Tierra. Su actitud es como la de aquel hombre que, intentando no pisar una mierda de perro —y perdón por la palabra, pero convendrá que vayamos llamando a las cosas por su nombre—, se negaba a mirar que se le venía encima un piano de cola desde un séptimo piso. Y, sin embargo, estos líderes gobiernan y toman decisiones en nombre de millones y millones de personas en todo el mundo...

Tendrá que convenir conmigo en que esta situación es, cuando menos, sorprendente.

Pero aún me sorprende más la interpretación que algunas «buenas almas» hacen de lo que se está planteando en la Cumbre de Copenhague. En las páginas de Internet del periódico Libertad Digital, presentaban, hace cosa de un mes, el siguiente titular: «Impuestos verdes a nivel global: La Cumbre de Copenhague incluye la creación de un “Gobierno” Mundial», y luego, en la cabecera de la noticia, decían: «La cumbre sobre cambio climático que se celebrará en Copenhague en diciembre esconde la mayor amenaza para el libre mercado desde la caída del Muro de Berlín. Bajo la excusa del calentamiento, la ONU prevé un "Gobierno" con capacidad para recaudar impuestos y redistribuir riqueza a nivel mundial». Y, para acabarlo de arreglar, añadían un vídeo con el título de «La amenaza de un Gobierno Mundial».

Lo que yo vería como una noticia esperanzadora (claro está, depende de cómo se implemente), hay personas que lo ven como una amenaza para el libre mercado y un peligro de proporciones catastróficas. Esto es lo que podríamos denominar «diversidad intracultural». Pero en realidad es, más bien, la diferencia entre una visión de justicia social y una aspiración a una Cultura de Paz planetaria, y la actitud de aquél que dice «Que nadie toque nada, que a me han ido muy bien las cosas tal como están. Que nadie toque el sistema».

El libre mercado, tal como se ha concebido hasta ahora y se ha estado llevando a la práctica, es uno de los grandes responsables de la pobreza en el mundo, de que el 20% de la población mundial detente el 80% de las riquezas mundiales. En ese sentido, me parecería una cuestión de justicia social que ese hipotético «Gobierno» Mundial se dedicara a recaudar impuestos entre el 20% de los que más tenemos para redistribuir riqueza entre el 80% de los que menos tienen, entre otras cosas porque nosotros nos hemos enriquecido a costa de ellos.

Por otra parte, si esa redistribución facilita que los países en vías de desarrollo contaminen menos (recordemos que los países emergentes esgrimen el argumento de por qué van ellos a reducir sus emisiones de CO2, ahora que están despegando, cuando nosotros hemos estado contaminando impunemente durante décadas), lo veré por bien empleado, aunque en Libertad Digital pongan en duda la «teoría» del cambio climático y pretendan aducir «pruebas» de su inexistencia (habría que preguntar quién pagó las investigaciones de donde salieron esas «pruebas»).

Y, por último, la supuesta «amenaza de un Gobierno Mundial»... ¿qué se puede decir de esto...?

Sí... ya sé: «Por favor, por favor... sigan amenazándome con ello».

Si vamos hacia una globalización controlada por la economía y por los mercados, como así sucede en estos momentos (es decir, si vamos hacia un mundo controlado por las grandes multinacionales y los grandes capitales, y no por los gobiernos nacionales), ¿qué menos que algún tipo de control político y de decisiones políticas sobre esa globalización? Y, si queremos un mundo sin guerras, ¿no convendrá que vayamos comenzando a recorrer el camino, pasito a pasito, para la desaparición de las fronteras nacionales y la instauración de un verdadero gobierno planetario?

Sé que no podemos poner demasiadas esperanzas en ese hipotético y amenazador «Gobierno» Mundial; en primer lugar, porque va a ser difícil que se acepte y, en segundo, porque, aunque se haga una realidad, habrá que ver si es capaz de ir más allá de lo que se ha permitido ir a las Naciones Unidas. Pero convendrá usted conmigo en que «más vale eso que nada».

 

En verdad que somos «sorprendentes» los seres humanos. Lo que para unos es miel, para otros es hiel. Pero nuestra diversidad, intercultural e «intracultural», quizás podamos reducirla finalmente, más allá de las diferencias de orientación política, a la diferencia entre aquellas personas que viven aún en la consciencia del «yo/mi/mío» y aquellas personas que han comenzado a vivir en la consciencia del «nosotros/todos/vida-toda/planeta».

  

 

 

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