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Autor   Publicado en Proyecto Avalon con fecha 24/12/2009

Antonio Cutanda -

GRIAN (Antonio Cutanda) es psicólogo, escritor, comunicador y activista social. Autor del bestseller El jardinero (1996), con 25 ediciones en castellano y traducido a 8 idiomas, es asimismo el fundador y director del Proyecto Avalon - Iniciativa para una Cultura de Paz.

 

Barack Obama rascándose una ceja, como confundido 

El ser humano Obama parece estar eclipsándose bajo la máscara del presidente

 

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NO ME PUEDO CALLAR, SEÑOR OBAMA

por Grian

Blog Guerreros del Arcoiris. Requena, 24 de diciembre de 2009

 

En primer lugar, debo decir que no soy de los que se decepcionaron con Obama a las primeras de cambio. No soy de planteamientos radicales, y soy bastante consciente de las dificultades que todo ser humano afronta en la vida; dificultades de las que no podemos ser conscientes quienes no estamos en su «piel». 

Con esto quiero decir que he seguido depositando voluntariamente mi confianza en Barack Obama a pesar de algunas señales que me llevaron a fruncir el ceño como el enanito gruñón de Blancanieves a los pocos meses de su nombramiento como presidente de los Estados Unidos. 

Seguí depositando mi confianza (y mi esperanza) en él hasta hace relativamente poco tiempo, hasta que escuché su discurso en la entrega del Premio Nobel de la Paz y hasta que le he visto desempeñarse en la Cumbre de Copenhague. 

No es que mi planteamiento ahora sea el de «Barack, ya no te ‘ajunto’»; quiero guardar una pequeña llama encendida por el ser humano que hay detrás de la máscara de presidente, a la espera de que el ser humano se imponga a la máscara (como en la película), pero ese acto de voluntad y libre albedrío por mi parte no es suficiente como para que me calle algo que, según mi opinión, clama al cielo de los hombres ilustres que trabajaron por la paz. 

Paso por el hecho de que, poco antes de la entrega del Premio Nobel, anunciara públicamente que iba a aumentar el número de tropas norteamericanas en Afganistán; y paso escudándome en el hecho de que, concediendo que es un ser humano sometido a presiones que no me puedo ni imaginar, quizás no haya podido hacer otra cosa. (Sé que más de uno dirá que soy un blando —por no decir algo peor— por considerarme pacifista y no criticar ya, directamente, ese hecho. Pero, lo siento, no puedo evitar el intentar meterme en la piel del ser humano que hay detrás, sea quien sea.) 

Pero lo que no puedo dejar de censurar es algo que sí podía haber evitado y no lo hizo, quizás por aplacar a cierto sector de su galería, de acuerdo, pero lo hizo. Me refiero a sus palabras en el discurso de entrega del Premio Nobel de la Paz (¡en el discurso de entrega del Premio Nobel de la Paz, repito!), cuando dijo: «La guerra sí que tiene un papel que jugar en la preservación de la paz». 

Cierto es que Gandhi (a quien, sospechosa y paradójicamente, no le dieron el Premio Nobel de la Paz) dijo en cierta ocasión que la no-violencia no era una vía para los cobardes, y que, en caso de no tener la opción de la no-violencia, él hubiera optado por la violencia a la hora de buscar la justicia. Esto es así, y quizás más de uno se sorprenda de estas palabras de Gandhi. Pero hay que conocer la filosofía subyacente de Gandhi sobre la no-violencia para entender esas palabras. Desde ese punto de vista, el de Gandhi, hasta podríamos medio justificar las palabras de Obama, cuando, por ejemplo, dijo que «Un movimiento no-violento no hubiera podido frenar al ejército de Hitler» (el señor Obama no sabe que, en Dinamarca, durante la ocupación nazi, le plantaron cara al ejército de ocupación alemán mediante la desobediencia civil no-violenta, y consiguieron muchas cosas de este modo —entre otras, salvar la vida de miles de judíos daneses—; pero sería largo contarlo ahora). 

Lo que no se puede justificar de ningún modo (y creo que he dado bastantes muestras de comprensión hasta este punto) es que, EN EL DISCURSO DE ENTREGA DEL PREMIO NOBEL DE LA PAZ, el galardonado dé alas y justificaciones sobre una «guerra justa» a quienes no necesitan de demasiadas justificaciones morales para poner el dedo en el gatillo y montarse guerras, «justas o injustas», allá donde les venga en gana. Lo que no se puede justificar en modo alguno es que Barack Obama, esperanza de un nuevo mundo hasta hace poco, nos salga con una nueva formulación del arcaico sonsonete, manoseado hasta la náusea por los belicistas, de «Si quieres la paz, prepara la guerra» (y no lo escribo en su formulación original en latín porque me parece vergonzoso para el género humano que haya muerto antes la lengua que lo formuló —lengua noble, no se me entienda mal— que las ideas que parieron ese sonsonete). 

No, no puedo hacer más la vista gorda con el señor Barack Obama. Seguiré alimentando, por voluntad propia, por ejercicio de libre albedrío, una llama en mi interior a la espera de que el ser humano que hay tras la máscara del presidente se asome de nuevo y se imponga a su carcelera; pero es nuestro deber, como seres humanos también, indicarnos los errores (garrafal en este caso) que cometemos, máxime cuando detentamos un cargo de tanto lustre y responsabilidad como el que detenta el hermano Barack. 

Puestos a decir obscenidades, porque el sonsonete latino no deja de ser una obscenidad, hubiera preferido que el señor Obama hubiera citado al periodista, escritor y poeta de la generación beat Lawrence Lipton (contemporáneo de su madre, quien, al parecer, vivió al máximo la contracultura de los 60). Lo que dijo Lawrence Lipton respecto a lo «moral», lo que había que hacer con la «mano» y con el «gatillo» no me atrevo a repetirlo aquí. Dejo en manos del lector la decisión de buscar la frase en Internet.  

 

 

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