Proyecto Avalon - Artículos de opinión

Apoya nuestro trabajo con una                Recibe nuestra Newsletter 

Autor   Publicado en Proyecto Avalon con fecha 15/02/2010

Antonio Cutanda -

GRIAN (Antonio Cutanda) es psicólogo, escritor, comunicador y activista social. Autor del bestseller El jardinero (1996), con 25 ediciones en castellano y traducido a 8 idiomas, es asimismo el fundador y director del Proyecto Avalon - Iniciativa para una Cultura de Paz.

 

Foto en la que se ve una barca neumática con mucha gente en su interior en medio de las aguas revueltas de un río. Debajo hay una frase 

ESTUPIDEZ: Ninguno de nosotros es tan estúpido como todos nosotros... (juntos, claro está)

 

Únete al Proyecto Avalon. Clica aquí e infórmate

Clica aquí

 

SÍGUENOS

en Twitter, Facebook y You Tube

twitter facebook youtube

 

DE HORMIGAS, ESTUPIDEZ... Y ÉTICA

por Grian

Blog Guerreros del Arcoiris. Requena, 15 de febrero de 2009

 

Hace más de un mes que escribí mi último artículo de “Guerreros del Arcoiris”, y en todo este tiempo han pasado muchas cosas en el mundo. No hace falta hacer una relación de todo ello. Tan solo constatar, por enésima vez, la sospecha de que nuestro planeta puede haber iniciado ya los reajustes anunciados por James Lovelock, el autor de la Teoría Gaia, ante los cambios que hemos generado en el sistema global; unos ajustes que, en su mayor parte, ni siquiera pueden llegar a imaginar nuestros científicos, pero que indudablemente vamos a sufrir, como sufren las hormigas a nuestras excavadoras cuando hacemos una autopista. 

En ese aspecto, nuestro planeta no va a tener piedad, como tampoco la tenemos nosotros con las hormigas. Simplemente, va a llevar a cabo los ajustes necesarios para el mantenimiento de los sistemas vitales del planeta, por el bien de la vida toda, y no sólo de la especie humana. 

Al fin y al cabo, nos la estamos buscando; aunque, por desgracia, los que suelen pagar el pato no suelen ser los que generan el problema. 

Los dirigentes políticos y económicos, y los componentes de los consejos de administración de las grandes multinacionales, que son los que se empeñan en seguir deteriorando los sistemas vitales de la Tierra, no sufren las consecuencias de sus decisiones.  Sólo ven por televisión los desastres de los tsunamis, de los terremotos o las inundaciones. 

En eso, nuestra Madre Tierra es injusta, pero no lo es más de lo que lo somos nosotros con las hormigas… o con las focas… o las ballenas… las gallinas… en fin… 

También he constatado, por enésima vez, que nuestras clases políticas (las de todo el mundo) siguen pensando que sus pueblos son una pandilla de niños de 12 años… o menos. Aunque muchos de nuestros políticos (no todos) son personas inteligentes, “y con muchos matices”, como me recordaba recientemente un amigo que fue ministro en el gobierno de España, su comportamiento público sigue rigiéndose por la ley de «¡A ver quién la tiene más larga!», como diría Joan Manuel Serrat. 

El espectáculo que ofrece la clase política en los países occidentales, donde tan listos nos creemos, es una imitación de las clásicas discusiones de los niños en la escuela, aunque con chaquetas, corbatas, micrófonos, periodistas, cámaras, flases y jefes de prensa. Los “matices” de los que me hablaba mi amigo exministro desaparecen bajo el mensaje monocromo e irracional de “Todo lo que hace el gobierno está mal” o “Todo lo que hace la oposición está mal”. 

Y me aburro; la verdad es que me aburro. Intento “estar al día”, viendo lo que pasa en el mundo… pero me aburro solemnemente. Siempre los mismos mensajes, siempre los mismos despotriques, en una dirección y en otra, siempre las mismas excusas, siempre las mismas mentiras, siempre las mismas actitudes interesadas, egoístas, egocéntricas, superficiales, banales, psicológicamente ensimismadas, ausentes de la realidad… 

Y me aburro también porque los medios de comunicación no son capaces de evadirse de esa misma enfermedad que aqueja a la clase política. Todo es, o blanco, o negro, sin matices, sin verdaderas opiniones alternativas, creativas, diferentes, sin verdaderas críticas constructivas… Estos canales, estas emisoras de radio y estos periódicos están con este bando. Estos otros canales, estas otras emisoras de radio y estos otros periódicos están con el otro bando. Y los mensajes de los periodistas no se diferencian mucho de los mensajes de los políticos, a los que, con mayor o menor intensidad, defienden. (Bueno… digo mal… porque algunos periodistas lanzan incluso mensajes incendiarios, descerebrados.) 

No sé si a las hormigas les pasará lo mismo en sus inmensas colectividades, tan similares a las nuestras en aglomeración. Aunque quiero pensar que a ellas no les pasa como a nosotros. Quizás nuestros males son los males propios de la civilización, y ellas, claro está, están organizadas socialmente, pero no tienen una civilización. A veces pienso que la civilización, al tiempo que nos hace medrar y florecer, nos mata de mera estupidez. 

Y me rebelo contra esa estupidez que nos hace creernos la cúspide de la Creación, mientras masacramos a millones de nuestros semejantes en guerras indignas; mientras empobrecemos a más de la mitad de nuestros hermanos y les condenamos a pasar hambre por unos indecentes beneficios económicos; mientras destruimos a todas las especies que nos rodean, arrasamos bosques, y envenenamos el cielo y los mares como si fuéramos los reyes del mambo; mientras permitimos que nuestros semejantes duerman en las calles en los arrogantes países ricos; mientras permitimos que unos dementes religiosos lapiden a niñas inocentes con el consentimiento de toda autoridad civil y religiosa; mientras algunas de nuestras mentes más brillantes dedican su vida a crear armas terroríficas; quizás por una cuestión de vanidoso prestigio; quizás, simplemente, por la codicia del dinero que les comporta… 

Y, luego, tenemos la desfachatez de alardear de nuestros logros como especie. 

 

Indudablemente, nuestra especie puede ser grande, muy grande. Pero, para ello, tendremos que asumir humildemente (el universo es paradójico) nuestra verdadera posición en el entramado de la Vida: quien quiera ser el primero, póngase el último y al servicio de todos. Y tendremos, cómo no, que aceptar definitivamente que no puede haber civilización que mil años dure sin un sólido código ético, un código de honor cuasi caballeresco, que nos impida, desde dentro, por conciencia, y no desde fuera, y por ley, hacer tantas estupideces como nos creemos con derecho a hacer. 

Se hace perentorio que nuestras civilizaciones, todas las que pueblan el planeta, ésas que se pretende que dialoguen, asuman de antemano que, sin una sólida base ética, jamás resolveremos los problemas a los que nos venimos enfrentando desde los orígenes de la historia; una base ética que nadie pueda manipular (me refiero a los poderes religiosos, y digo “poderes”), una base ética que todos podamos compartir, seamos materialistas o espirituales, musulmanes o cristianos, orientales u occidentales,  del norte o del sur; una base ética, en definitiva, que dirija nuestras acciones desde nuestro propio interior, por convicción y no por imposición, por la mera Belleza inherente a todo comportamiento recto, honesto, auténtico, transparente, NOBLE… 

Para esa base ética, quizás podríamos empezar con el marco que aporta la Carta de la Tierra, pero los políticos de las Naciones Unidas todavía no han encontrado el coraje necesario para respaldarla definitivamente. 

 

¿Qué pensarán las hormigas de nosotros? 

¿Quién sabe? Lo bien cierto es que, en tanto no demos el salto evolutivo que supone instaurar la ley de la ética (de la compasión y del amor) dentro de nuestros corazones, no seremos mejores que las hormigas. 

No. Ciertamente, no somos mejores que ellas. 

 

 

 

volver arriba Back to top