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Autor   Publicado en Proyecto Avalon con fecha 02/03/2010

Antonio Cutanda -

GRIAN (Antonio Cutanda) es psicólogo, escritor, comunicador y activista social. Autor del bestseller El jardinero (1996), con 25 ediciones en castellano y traducido a 8 idiomas, es asimismo el fundador y director del Proyecto Avalon - Iniciativa para una Cultura de Paz.

 

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ENTRE MI HIJA Y JOHN LENNON

por Grian

Blog Guerreros del Arcoiris. Requena, 2 de marzo de 2009

 

Esta tarde he mantenido una larga conversación con mi hija por teléfono. Y, luego, no quedándome satisfecho, le he escrito un largo correo, que ha brotado de mis dedos como un torrente, sin pararme a mirar dónde iba un punto y seguido o donde un punto y aparte. 

Mi hija, Diana, es una joven de 25 años, rebelde en su línea, con el cabello de un caoba chillón y un flequillo que le oculta medio rostro. Viste siempre de negro, a la moda de su tendencia juvenil, y se maquilla los ojos exageradamente de negro. 

Los necios, los que no ven más allá de las apariencias externas, piensan que estos jóvenes tienen algo mal en la cabeza. Pero eso es sólo lo que piensan los necios. La mirada atenta, más allá de la superficie, les desvelaría un mundo totalmente diferente. 

Si recurrimos a la sabiduría de Jung, para ver las señales simbólicas del inconsciente colectivo humano, veremos que estos jóvenes se visten así y se maquillan así como un reflejo directo de lo que sienten, consciente o inconscientemente, respecto al mundo que les rodea, el mundo que les hemos dejado sus mayores. Muchos de ellos son almas sensibles, almas tiernas en la flor de la existencia, que viven con dolor el mundo que les rodea. Su desesperanza la reflejan en su manera de vestir y de mostrarse ante el mundo, en sus músicas y en sus gustos.  

Es su manera de protestar, de gritarle a la sociedad que este sistema apesta. 

Eso es lo que los necios no son capaces de ver, porque los necios sólo ven la superficie de las personas y de las cosas… y porque los necios ni siquiera son conscientes de que el sistema social que les hemos legado a nuestros hijos apesta hasta la náusea. 

Posiblemente, si yo tuviera la edad de mi hija, también vestiría de negro, me pondría piercings, y me maquillaría como un cadáver. 

 

Nosotros, la gente de mi generación —la llamada Generación Woodstock— hicimos exactamente lo mismo cuando éramos jóvenes: protestar ante el sistema con nuestra manera de vestir y de comportarnos, con nuestra música y nuestros gustos. Pero hay una diferencia, claro está. Nosotros, la generación de los 60 y 70, vestíamos con colores vivos y exhibíamos una gran vitalidad y desinhibición en nuestra manera de protestar (los líderes hippies, en su paroxismo, instaban incluso a hacer el amor en los parques de las ciudades). Pero esta diferencia no es tal cuando miramos el fondo del asunto, cuando miramos más allá de la superficie. 

En los años 60 y 70, los jóvenes teníamos la esperanza de cambiar el mundo, de hacer un mundo mejor (algunos no la hemos perdido), y eso se reflejaba en todo lo que hacíamos: en nuestro aspecto, en nuestras modas, en la música, en todo. La esperanza en la posibilidad de un mundo mejor lo tintaba todo en aquella generación con los colores del arco iris, colores vivos, intensos… “psicodélicos”. El hombre acababa de llegar a la Luna, los Beatles cantaban “Todo lo que necesitas es amor”, nacían las primeras organizaciones pro derechos humanos, pacifistas y ecologistas, y la presión social por la paz conseguía cambiar la opinión pública en los Estados Unidos al punto de hacer fracasar la guerra de Vietnam. Fue la primera guerra televisada… y la última. Los políticos americanos habían perdido la guerra en las calles de su propio país. 

Pero a partir de mediados de los 70, cuando comenzó a verse que el sistema había sido más fuerte que la contracultura juvenil, cuando la gente joven comenzó a ver que el sueño no se iba a hacer realidad (al menos, no de momento), los jóvenes cayeron en la desesperanza. Eso se tradujo en una nueva manera de protestar con la forma de vestir y de comportarse, así como con unas músicas nuevas, con letras y actitudes más agresivas, fruto de la desesperanza. Nació el punk y todos los movimientos que se irían generando después a partir de esa desesperanza. Los colores vivos dejaron paso a los colores oscuros y al negro; las caras maquilladas con rojos, amarillos y verdes se maquillaron entonces de negro; y las flores y las cintas en el cabello se transformaron en imperdibles y candados y, con el tiempo, en piercings

En definitiva, el mismo fenómeno de rebeldía social juvenil, pero con diferentes emociones: la esperanza se había convertido en desesperanza

 

Así pues, no seré yo quien juzgue a los jóvenes de hoy por sus actitudes y por su aspecto. Al fin y al cabo, los jóvenes de ahora están haciendo lo mismo que hice yo: protestar con nuestro aspecto y nuestra manera de conducirnos, con nuestra música y con nuestras modas, ante un sistema social injusto, inhumano, demencial, que prima el egoísmo a ultranza, que destruye la belleza de nuestro planeta y que ve en la guerra una forma lícita de hacer negocio. 

No, los jóvenes de ahora no han perdido los papeles ni son unos inadaptados ni nada de todo eso (¡lo mismo decían de nosotros!). Quizás sean inadaptados en relación con un sistema enfermo; pero profundamente adaptados —aunque muchos no sean conscientes de ello— con los principios básicos de la vida, que les dicen que el sistema apesta; de ahí su rebeldía. 

Sí, son jóvenes, y como jóvenes que son (y al igual que nos ocurrió a nosotros entonces) cometen errores de bulto por su inexperiencia vital. Pero tienen las ideas más claras que la mayoría de los necios “sensatos” que mantienen en movimiento inconscientemente los engranajes de esta sociedad enferma, pensando que así son las cosas y así es como deben seguir siendo. 

Sí, quiero decir en voz alta, y para que todo el mundo me escuche, que me siento orgulloso de mi hija. Y me siento orgulloso de ella porque es ella la que decide sus pasos en la vida, pasando de lo que puedan decir los necios; porque es capaz de pensar por sí misma y no al dictado del represor social interior al que obedecen los necios; y porque mi hija está protestando a su manera frente a la anti-vida de nuestra sociedad. Yo lo hacía con mi cabello largo, con mi cinta en el pelo y poniéndome margaritas en mi cazadora vaquera. Ella lo hace con su cabello caoba chillón, con sus ojos pintados de negro y con sus piercings en los labios. ¿Qué diferencia hay? Tan sólo la que media entre la esperanza y la desesperanza. 

Y eso es lo que me preocupa, la desesperanza. 

Si tantos de nuestros jóvenes se muestran desesperanzados ante el mundo que les estamos dejando es porque las generaciones anteriores estamos haciendo algo mal. Sí, los boomers de los 60 y los 70 tuvimos el coraje y la valentía de iniciar la protesta generacional que el inconsciente colectivo de la humanidad reclamaba, tras el horroroso holocausto de seres humanos de la Segunda Guerra Mundial; supimos alimentar nuestras esperanzas y nuestros sueños en que el mundo podía ser mejor (“Yes, we can”, ¿os suena? Lo decía hace poco el hijo de una hippie). Hicimos un gran trabajo como generación… pero cometimos el error de rendirnos demasiado pronto (y el hermano John era consciente de ello). 

Cambiar el mundo es una obra de titanes, y no puedes pretender realizar tal prodigio en sólo dos o tres décadas. Quizás necesitemos trabajar durante tres o cuatro generaciones (la estupidez humana está tan arraigada como un cáncer terminal) para poder decir «Éste es el mundo con el que yo soñaba». Pero la desesperanza que un amplio sector de nuestros jóvenes nos transmite desde ese inconsciente colectivo de todos nos indica que son demasiados los que han bajado los brazos dentro de nuestra generación. 

¿Qué mundo les estamos dejando a nuestros hijos? ¿Acaso nosotros, que nos quejábamos a nuestros padres del mundo que nos habían dejado, vamos a terminar haciendo lo mismo, después de tanto despotricar, de tanta rebeldía, de tantas brechas abiertas en los muros del todopoderoso sistema? 

No podemos hacer eso. No podemos bajar los brazos y dejarles a nuestros hijos y nietos una labor que nos pertenece a nosotros, aquel trabajo que empezamos pero que no hemos terminado. Y no podemos hacerlo porque la historia, el alma de la humanidad y nuestra propia alma nos lo reclamarán cuando nos hayamos ido al otro lado. 

Quizás no podamos hacer realidad el sueño que tuvimos en nuestra juventud, pero al menos deberemos dejar sembradas las semillas de la esperanza, para que nuestros jóvenes tomen nuestro testigo con la fe en sus propios sueños. 

Se lo debemos al joven que fuimos. Se lo debemos a nuestros sueños más preciados. Se lo debemos a nuestros hijos. Se lo debemos a nuestros nietos. Se lo debemos al género humano y al planeta Tierra… 

 

John Lennon dijo en cierta ocasión: “Nuestra tarea consiste en hacerles ver que todavía hay esperanza, que todavía tenemos cosas que hacer, y tenemos que salir ahí afuera y hacerles cambiar de opinión y decirles que sí, ¡que podemos cambiar las cosas! El hecho de que Flower Power [el movimiento hippie] no funcionara no significa que todo terminó. Eso sólo fue el principio, el nacimiento de la revolución. Estamos sólo en los inicios del cambio». 

Señoras y señores de la Generación Woodstock, eternamente jóvenes en la historia y en el alma colectiva humana, entendedlo: todavía nos queda trabajo que hacer… aunque sólo sea por no dejar en mal lugar al hermano John. 

No se lo merece. No nos lo merecemos nosotros. No se lo merecen nuestros hijos.  

 

 

 

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